
Para Martín Peralta, la actuación no fue un golpe de suerte ni un accidente fortuito. Fue un descubrimiento progresivo, casi inevitable. Aunque la inquietud nació desde la infancia, no fue sino hasta los 25 años que decidió abandonar el mundo corporativo para dedicarse por completo a lo que ya intuía: actuar no era una opción, era su lenguaje.
“Era mucho más feliz actuando que en cualquier otro lugar”, comparte. Ese reconocimiento marcó el inicio de una carrera que hoy se mueve entre distintos formatos, geografías y niveles de exigencia.
Su formación, que va de México a Los Ángeles, no solo le dio herramientas técnicas, sino también una lección clave: la confianza no es constante, se construye. Fue durante su participación en la serie Somos. cuando enfrentó uno de sus mayores retos internos: asumirse como un actor capaz de habitar proyectos de gran escala sin intimidarse.
Sin embargo, también reconoce los momentos de duda. “Aprendí a no poner mi felicidad en si me quedo o no en un proyecto”, dice, subrayando una separación fundamental entre identidad personal y éxito profesional.
El poder del silencio
En su proceso actoral, la voz no lo es todo. Para Peralta, el silencio tiene un peso igual —o incluso mayor— dentro de la narrativa.
“El silencio también comunica. A veces una mirada o una acción dicen más que las palabras”, afirma, especialmente cuando se trata de cine, su medio predilecto.
Esta visión se alinea con su filosofía sobre la actuación: no se trata de “sentir” ni de provocar emociones en el espectador, sino de habitar el momento con total presencia. “La actuación es un proceso mental. La emoción es un efecto, no la causa”.
Vulnerabilidad como herramienta
Lejos de protegerse, Peralta abraza la exposición emocional como parte esencial de su oficio. Para él, la honestidad frente a la cámara nace precisamente de esa disposición a mostrarse vulnerable.
“Aprendo mucho de mí en cada proyecto”, confiesa, dejando ver que su crecimiento profesional está íntimamente ligado a su evolución personal.
De lo local a lo global
Su carrera ha cruzado del teatro al streaming internacional, y recientemente lo ha llevado a colaborar en proyectos de gran escala, incluyendo una producción dirigida por el cineasta Todd Haynes, una experiencia que describe como alineada con el tipo de cine que quiere hacer el resto de su vida.
Además, su participación en Man on Fire lo inserta en un universo más oscuro y psicológico, donde comparte pantalla con figuras como Yahya Abdul-Mateen II, Scoot McNairy y Alice Braga.
Más allá del aprendizaje técnico, lo que rescata de estas experiencias es la ética de trabajo y la pasión que observa en sus colegas: “Ahí entiendes por qué han logrado carreras tan exitosas”.
Construir desde lo sutil
Aunque su personaje en Man on Fire se mueve cerca del poder desde un lugar aparentemente secundario, Peralta tiene clara su metodología: cada personaje es protagonista de su propia historia, aunque no todo se vea en pantalla.
Ese trabajo interno, invisible para el espectador, es el que construye profundidad y verdad.
Sanar, soltar, avanzar
En el terreno más personal, el actor reconoce que los temas de redención y conflicto interno no le son ajenos. Como cualquier persona, sigue en proceso de sanar.
“Trato de perdonarme y perdonar. Soltar todo nos hace libres”, reflexiona.
Hoy, en un momento clave de su carrera, su prioridad no es la magnitud del proyecto, sino su significado: historias que nazcan desde lo personal, que sean honestas y que conecten con la experiencia humana.
Porque para Martín Peralta, actuar no es fingir: es atravesar la vida, una escena a la vez.





